CONICET: investigan la tuberculosis

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Comprender cómo la bacteria infecta, sobrevive y evade al sistema inmune es clave para desarrollar mejores tratamientos y mitigar los efectos de una enfermedad que sigue afectando a millones de personas en el mundo.

El pasado 24 de marzo se recordó el Día Mundial de la Tuberculosis. Aunque muchas veces se piensa que esta enfermedad es un problema del pasado, actualmente es la principal causa de muerte por un agente infeccioso a nivel mundial. Se estima que en 2024 esta patología ocasionó alrededor de 1,2 millones de muertes. En Argentina, los datos más recientes relevados en el boletín epidemiológico nacional indican que en 2025 se notificaron 15.599 nuevos infectados.

Es cierto que Mycobacterium tuberculosis, la bacteria causante de la enfermedad tiene mucho pasado; cuando fue identificada en 1882 ya llevaba tres millones de años viviendo en la Tierra y miles de historia compartida con los seres humanos. Este tiempo de convivencia le ha permitido ir desarrollando estrategias para superar los mecanismos de defensa inmunológicos humanos.

“La bacteria tiene la capacidad de entrar, infectar y permanecer escondida en el huésped activando un estado de dormancia, en el cual se reproduce pero a tasas muy bajas, estableciendo una infección latente. Es decir, la persona está infectada pero no tiene síntomas y puede estarlo por muchos años sin enfermarse”, expresa Gabriela Gago, investigadora del CONICET en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario (IBR, CONICET-UNR) y presidenta de la Sociedad Latinoamericana de Tuberculosis y Otras Micobacteriosis (SLAMTB).

Se estima que un 25 por ciento de la población mundial tiene una infección latente de tuberculosis, y si bien existen algunos test para identificar estos casos, no es fácil: “El problema es que la tuberculosis estigmatiza mucho. Aunque sea una enfermedad infecciosa que cualquiera puede contagiarse, en general afecta a las poblaciones más vulnerables, a las poblaciones más pobres. Es un grave problema en las cárceles, en personas que viven en la calle o en residencias comunitarias. Si a alguien le identifican tuberculosis, muchas veces ni lo dice e incluso hay resistencia de los contactos directos a ser evaluados, porque da miedo y mucha gente prefiere no saber”, señala Gago.

Pero luego, cuando el sistema inmune de estas personas se deprime -por mal nutrición, un tratamiento oncológico, diabetes agudas u otras enfermedades inmunodepresoras como el HIV- la infección puede reactivarse, la bacteria se replica a tasas más altas, los síntomas aparecen y pueden causar la muerte por insuficiencia respiratoria si no se trata a tiempo. Aquí se expone otra característica del patógeno que lo hace tan eficaz, tiene una envoltura celular muy gruesa que dificulta el ingreso de las drogas y determina que el tratamiento de la tuberculosis sea mucho más complejo que el de otras infecciones bacterianas: incluso en los casos más favorables, el esquema terapéutico dura seis meses y requiere la administración combinada de cuatro antibióticos diferentes.

En consecuencia, “es alto el porcentaje de gente que abandona o no le da continuidad al tratamiento, y eso supone recaídas y un problema enorme en términos de la generación de resistencias a los antibióticos; esto no solo complica al paciente, sino que también es un peligro para toda la comunidad”, advierte Luciana Balboa, investigadora del consejo que estudia la inmunología de la tuberculosis en el Instituto de Investigaciones Biomédicas en Retrovirus y Sida de la Facultad de Ciencias Médicas (INBIRS, CONICET-UBA). Por ello, señala, es importante generar innovaciones terapéuticas que puedan acortar los tratamientos y evitar la aparición de resistencias a los antibióticos.

CONICET Noticias

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